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lunes, 30 de mayo de 2016

La ignorancia invencible se convierte en una herejía destructiva, borrando la necesidad de la fe católica en todo el mundo

                 Extra Ecclesiam nulla salus

Fuera de la Iglesia Católica No Hay Ninguna Salvación


Hno. Pedro Dimond


La herejía de que los no católicos se pueden salvar por la “ignorancia invencible” en realidad no era un problema antes de 1800, puesto que la enseñanza de la tradición católica de que nadie que ignore el Evangelio puede salvarse era muy clara y mantenida por la mayoría. Pero gracias al desarrollo del modernismo en la década de 1850, junto con el secuestro de las débiles declaraciones del Papa Pío IX por los liberales, la teoría herética de la salvación para los invenciblemente ignorantes irrumpió y se convirtió en la creencia de muchos sacerdotes en la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX. Esto ha culminado en la situación en que nos encontramos, en que casi el 100% de las personas que se dicen ser “católicas” (e incluso católicos tradicionalistas) creen que se pueden salvar los judíos, budistas, musulmanes, hindúes, protestantes, etc. Debemos agradecer a la herética idea de la salvación para los “ignorantes invencibles” por esto (habrá mucho más sobre esto más adelante en este documento). La herejía y el modernismo se extendió tanto, que incluso en tiempos del Primer Concilio Vaticano en 1870, San Antonio María Claret, el único santo canonizado en el Concilio, sufrió un derrame cerebral por la indignación que le causó oír las herejías que se estaban promoviendo. Por supuesto, Dios no permitió que ninguna de estas herejías se incluyera en los decretos del Concilio Vaticano I.

El hecho es que todas las culturas son demoníacas y están bajo el dominio del diablo hasta que sean evangelizadas. Esta es la enseñanza indiscutible de la tradición y de la Escritura.
El P. Francisco de Vitoria, OP, un famoso teólogo dominico del siglo decimosexto, resume muy bien la enseñanza tradicional de la Iglesia católica sobre este tema. Estas son sus palabras:
Cuando postulamos la ignorancia invencible sobre el tema del bautismo o de la fe cristiana, no se desprende que una persona pueda salvarse sin el bautismo o la fe cristiana. Porque los aborígenes, a quienes no ha llegado la predicación de la fe o la religión cristiana se condenarán por los pecados mortales o por la idolatría, pero no por el pecado de incredulidad. Sin embargo, como dice Santo Tomás, si hacen lo que pueden, acompañado de una buena vida de acuerdo con la ley de la naturaleza, es coherente con la providencia de Dios, que Él les iluminará el nombre de Cristo”[1].
Todas las personas que mueren en las culturas en las cuales no ha penetrado el Evangelio irán al infierno por los pecados contra la ley natural y por los otros pecados graves que cometan – porque la razón que Dios no les revela el Evangelio es por la mala voluntad y falta de cooperación con la gracia de Dios. El Primer Concilio Vaticano definió infaliblemente, basado en Romanos 1, que el Dios único y verdadero puede ser conocido con certeza por las cosas que han sido hechas y por la luz natural de la razón humana[2].
San Pablo, Romanos 1, 18-20: “Pues la ira de Dios se manifiesta desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres, de los que en su justicia aprisionan la verdad con la injusticia. En efecto, lo cognoscible de Dios es manifiesto entre ellos, pues Dios se lo manifestó; porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras. De manera que son inexcusables”.
Todos pueden conocer con certeza que hay un ser supremo espiritual, que es el único Dios verdadero y creador del mundo y de todo lo que contiene. Todos saben que Dios no es algo de madera o jade o piedra que ellos hayan tallado. Ellos saben que Dios no es el árbol que adoran, ni el río que adoran, ni la roca, ni la serpiente, ni la rana del árbol sagrado. Ellos saben que estas cosas no es el Creador del universo. Todos saben que están adorando a una criatura en vez del Creador. Son, como dice San Pablo en el versículo 20, inexcusables. San Agustín explica con las siguientes palabras el hecho que haya personas que murieron ignorantes de la fe y sin el bautismo.
San Agustín (†428): “… Dios conoció de antemano que si hubieran vivido y el Evangelio se les hubiese predicado, lo habrían escuchado sin creer[3].
Y si alguien aceptara la verdad, si fuera lo suficientemente honesto intelectualmente como para decir: “Dios, Tú no puedes ser este pedazo de madera, revélate a mí”, entonces Dios le enviará un ángel si fuese necesario, así como le envió un ángel a Cornelio en Hechos capítulo 10; y Él lo llevará con un misionero que le predicará la buena nueva y el sacramento del bautismo.
Juan 18, 37: “Yo para esto he nacido y para esto he venido, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye ni voz”.
Papa Pío XI, Quas primas, # 15, 11 de diciembre de 1925: “Tal se nos propone ciertamente en los Evangelios este reino, para entrar en el cual los hombres han de prepararse haciendo penitencia, y no pueden de hecho entrar si no es por la fe y el bautismo, sacramento este que, si bien es un rito externo, significa y produce, sin embargo, la regeneración interior”[4].
San Agustín (†426): “En consecuencia, tanto los que no han escuchado el Evangelio y aquellos que, habiéndolo oído, y habiendo cambiado para mejor, no perseveraron (…) ninguno de esos se separa de esa masa que se sabe que será condenada, ya que todos van (…) a la condenación”[5].
San Próspero de Aquitania (†450): “Ciertamente, la múltiple e indescriptible bondad de Dios, como hemos probado en abundancia, siempre proveyó y todavía provee para la totalidad de la humanidad, de manera que ninguno de los que perezcan puedan alegar la excusa de que fue excluido de la luz de la verdad…”[6].
Romanos 8, 29-30: “Porque a los que de antes conoció, a esos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos los justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó”.
Hechos 13, 48: “Oyendo esto los gentiles, se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, creyendo cuantos estaban ordenados a la vida eterna”.
Como católicos, por supuesto no creemos en la predestinación como la predicaba el hereje Juan Calvino, según la cual no importando lo que el individuo haga, él está predestinado para el cielo o el infierno. Esa es una herejía perversa. Al contrario, como católicos, creemos en la verdadera comprensión de la predestinación, que se expresa en Romanos 8, Hechos 13 y en los Padres y santos ya citados. Esta verdadera comprensión de la predestinación significa simplemente que la presciencia de Dios, desde toda la eternidad, se asegura que los que son de buena voluntad y son sinceros, serán traídos a la fe católica y llegarán a conocer lo necesario para la salvación – y que todos los que no son traídos a la fe católica y no saben lo que ellos deben, esos simplemente no están entre los elegidos.

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