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jueves, 4 de febrero de 2016

Las Facultades Superiores del Alma y las Pasiones Desordenadas


Las pasiones, dada la unidad sustancial de nuestro ser, trascienden a la esfera intelectual y moral. La belleza de una inteligencia está en la elevación de sus ideas. Sólo el alma que vive la vida sobrenatural puede pretender alcanzar esa belleza. En la altura adonde se remontan sus pensamientos, las pasiones tienen menos influencia.

Nuestra alma es como un vaso sagrado que contiene a Jesucristo; un cáliz de donde la gracia rebosa para derramarse en nuestras facultades y poner orden en nuestros pensamientos. Vayamos siempre recogidos, pues en el recogimiento hallaremos fuerzas para resistir el maléfico influjo de las pasiones sobre nuestro espíritu. No dejemos penetrar en él sino ideas dignas de la mirada del Señor. Una religiosa de la Visitación tenía hecho voto de no detenerse en ningún pensamiento que no mirase a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. Voto tan heroico exige una inspiración particular; nosotros al menos podemos mortificar los pensamientos inútiles, curiosos, y el constante deseo de halagar el amor propio. De este modo, ¡cuántas faltas evitaríamos! Ejerzamos igual vigilancia sobre nuestra memoria, a fin de no tolerar en ella ningún recuerdo que no pueda pasar ante los ojos de Cristo.

Las pasiones no tienen igual preponderancia sobre la voluntad, aunque todas busquen esclavizarla. No se trata de su influencia, sino desde el punto de vista de la perfección; siempre tratan de debilitar nuestra voluntad y empujarla otra vez al mal. No hay perfección posible, si las pasiones no están sometidas a la razón. La paz no tiene su morada en nosotros sino en el momento en que la voluntad se decide resueltamente contra las pasiones y los sentidos.

El poder que la voluntad ejerce sobre la pasión se reduce a regularla y moderarla, nunca a destruirla; ella obra con eficacia sobre la mala costumbre, de la cual puede triunfar con perseverancia.

Cuando nuestra voluntad esté indecisa, y la pasión se agigante, pongamos a Nuestro Señor como árbitro en esa lucha interior, y, temiendo sucumbir por la debilidad, digámosle: “Oh, Jesús! Yo no tengo valor para someterme a la razón y rendirme a la gracia, pero dame fuerza para no dejar nunca de cumplir con mi deber."


Impedir a la imaginación que nos haga salir de la realidad.

No tenemos necesidad de ferrocarriles ni teléfonos para trasladarnos a los vastos campos donde la imaginación se pasea libremente y se pierde las más delas veces en conjeturas. Todo lo que concedamos con exceso a la imaginación, se lo quitamos al corazón y a la inteligencia; a esta última facultad principalmente.

Una persona que suele juzgar rectamente no se extravía cuando la ciega la pasión; las apreciaciones sobre cosas y hechos son siempre justas; mas cuando la imaginación, caprichosa facultad, movible como el viento, observa la misma cosa bajo cien aspectos diversos, a tenor de las variables impresiones de la sensibilidad, se lanza a los extremos en todo; poco cuidadosa de lo presente, entra en el porvenir, donde todo le parece dicha o dolor. Preciso es decirlo, vislumbra lo más triste o sombrío, que lo risueño y placentero. Exagera sus incertidumbres, mientras que la idea de una solución la espanta. Cuando hayamos fabricado una hipótesis de todo género, es indispensable volver al terreno firme de la verdad, cansada ya de levantar mil fantasías y torres al aire. ¿Creeremos acaso que Nuestro Señor entra a la parte de trabajo tan vano? No, porque en aquellas horas tan desaprovechadas para nuestra alma, no le dedicamos ni el más leve pensamiento, y ya sabemos por experiencia lo que vale nuestra meditación, cuando no atajamos los vuelos de la imaginación que se cansa de estar metida en el pequeño círculo en que la Providencia ha encerrado nuestra existencia. Por ahí corremos más de un peligro: primero perder la devoción que tiene necesidad de recogimiento, y luego disgustarnos con nuestra posición, soñando siempre otra cosa.

No creamos que, sin razón, combatimos la efervescencia de nuestra imaginación. Leamos una página escrita por la pluma de un ilustre obispo, y recogida en una obra que sin dudas hemos leído, y veremos cómo combate la costumbre de pasar las horas imaginando desenlaces falsos de situaciones imposibles.

Llegaremos a dominar los pensamientos que nos asedian como ideas fijas, suplicando a Nuestro Señor que se digne a reinar en nuestra imaginación tantas veces nos sintamos molestados por esos pensamientos; pero cuando hayamos recibido esa gracia, será parte de lo que nos toca hacer en nuestra perfección, pues nuestro deber está en aplicar todas las energías de la mente al conocimiento y amor de Cristo.

Este aviso es de una importancia capital para adelantar en la virtud. Si escuchamos a nuestra imaginación, seremos víctimas de sus extravíos, experimentaremos hondas turbaciones, andaremos fuera del camino de la verdad. No le otorguemos el privilegio que ella se arroga de inquietar nuestra conciencia con sus desvaríos. ¿Para qué sirven esas vanas inquietudes? Por medio de la oración podremos obtener en cada momento las gracias necesarias para hacer lo que Dios realmente exige de nosotros. La bondad divina las tiene siempre a disposición de cuantos se las piden, y debemos creer que en cualquier caso Dios no dejará de asistirnos con Su gracia. Todo pensamiento que causa inquietud y malestar es como esas enredaderas que rodean a un árbol, absorben su savia, y acaban por quitarle la vida.

 
Utilidad y peligro de una excesiva sensibilidad.

Las pasiones hacen sentir a la sensibilidad y a la imaginación sus movimientos vivos, repentinos, profundos. Se insinúan muy sutilmente a tan delicadas y tornadizas facultades esclavizando sobre todo, desgraciadamente, a las mujeres en general, aun a las piadosas.

La sensibilidad es la capacidad de sentir. Recibimos sin cesar toda suerte de impresiones sin que nuestra voluntad pueda mandar al sentimiento. En sí, ellas no son buenas ni malas, sino indiferentes, aun en el momento en que nos inclinan al bien o al mal. Sólo resultan malas, y, por ende, imputables, cuando nos servimos de ellas para obrar torcidamente. Meritorias no lo serán, sino en cuanto sean aceptadas y consentidas por la voluntad; ni culpables mientras ésta las rechace y destierre de sí. Dios en este caso no nos pedirá cuenta de ellas ni su peso oprimirá en manera alguna la conciencia.

Ahí está la regla para juzgar cuanto proviene de la sensibilidad; la cual explica fácilmente todas las inquietudes nacidas con ese motivo. La sensibilidad es una facultad que hace un gran papel en nuestro organismo, atendido a que la pasión la convierte en una fuerza irresistible o en un débil instrumento que no sirve para nada.

Ella absorbe en provecho suyo la razón y el carácter, y lo extrema todo así en la vida espiritual como en la vida ordinaria. Las personas dominadas por la sensibilidad tienen poca afición a la vida interior. Sin embargo, la persona que de ella carece, difícilmente llegará al heroísmo en la virtud.

La mujer, por lo común, es impresionable en demasía para todo lo que se refiere al corazón. Una persona inclinada por su educación hacia las cosas visibles, acostumbrada, desde la infancia, a gozar de ellas, tiene gran trabajo en subir más arriba, en comprender las severidades de la vida espiritual, en la cual sólo desea hallar pábulo a su sensibilidad. Cuando la gracia deja sentir su amorosa voz, se necesita todavía hacer un gran esfuerzo para despojarse del amor a lo visible, que tiene tan poderoso atractivo sobre la sensibilidad.

Nos interesa que ni la pasión dominante, ni la sensibilidad, ni la imaginación se aficionen con sobrado apego a las criaturas. Vigilemos sobre estas dos facultades, a menudo rebeldes a la gracia, pero que sirven de alas al alma, cuando las guía y encamina a las cosas del cielo. Si Jesucristo es el tesoro de nuestro corazón, la sensibilidad caldeada en la fragua del amor, nos llevará con vigoroso empuje a Él. ¡Qué felicidad andar con brío el camino que lleva a Cristo y a la posesión del cielo!

(Tomado del libro: Avisos Espirituales para las Almas que Aspiran a la Perfección)

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